Hacer autostop sola en el Ártico para cazar auroras boreales

autostop sola en el Ártico para cazar auroras boreales - Ellas por el mundo

El frío es desgarrador. Empiezo a mover las manos, me duelen y aunque no soy capaz de quitarme los guantes, sé que algo no anda bien. Un auto pasa a mi lado y su conductor me ignora. Cada vez me siento más sola y me arrepiento por haber tomado esta decisión. Golpeo mis botas contra el asfalto mientras intento retener las lágrimas.

De pronto escuché el eco de un auto incluso un minuto antes de verlo. Volví a subir el cartel blanco con letras negras que marcaba “Sodankyla”, el nombre de la ciudad hacia donde me dirijo, al norte de Finlandia. El auto pasa por mi lado a todo dar dejando más frío a su paso. Empiezo a sentir un cosquilleo de desesperación que se mezcla con mis pensamientos. Me veía a mi misma semanas atrás: desde que las descubrí en portada de una revista, sabía que las conocería. No tenía dinero suficiente para subir hasta los países nórdicos, y pagar alojamiento pero estaba segura de que lo quería intentar. Soñaba despierta.

Las auroras boreales son un poco caprichosas. No se dejan ver todos los días. Hay que cruzar los dedos y esperar. Así estaba yo. Cruzando los dedos desde que decidí empezar a subir desde Turquía. Estaba luchando por cumplir mi sueño.

El camino fue largo y algunas veces dudé si estaba o no haciendo lo correcto. Cuarenta horas en buses, treinta horas durmiendo en aeropuertos y más de mil kilómetros a dedo buscando que alguien me llevara. Dudé, pero las ganas de cumplir mi sueño eran más grandes. Ya había lanzado los dados, no me podía arrepentir.

El sol se empieza a desvanecer, apenas es medio día, pero en esta parte del planeta durante el invierno la luz natural es escasa. Me encuentro en la región de Laponia, más arriba de la línea que demarca el inicio del Círculo Polar Ártico. La carretera está desértica y el frío me cala hasta los huesos.

Varios minutos después, cuando ya perdía mis esperanzas, pasa un auto. No se detuvo. Dio la vuelta. Regresó por mí.

Una mujer rubia de ojos azules. Me subí. Era de Estonia y estaba embarazada. Daría a luz en esta zona del planeta. Me invitó a cenar y a dormir en su casa para que no siguiera soportando frío.

Al día siguiente me dirigí a mi último tramo antes de llegar a un hostal donde me quedaría algunos días a cambio de trabajo.

Todo comenzó a tornarse blanco y gris. Empezó a nevar. Sostenía otro cartel y la espera era eterna. La temperatura era de menos diez, estaba agotada de aventurarme por esas carreteras desérticas. Me sentía sola.

Saqué mi cámara y me hice dos o tres fotos. Los dedos de las manos ardían. Estaban agrietados y uno sangraba. Empiezo a llorar. Me reprocho. Siento mil agujas que me golpean las piernas. Es el frío intenso. Pasó un auto, el único que vi en casi una hora de espera. Se detuvo y me subí; me brindó una taza de té caliente mientras intentaba entender por qué viajaba sola con estas temperaturas.

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Para él, un hombre que toda su vida ha vivido en esa zona, ver una aurora boreal no amerita tal aventura. Para mí, una mujer del Caribe colombiano, lo vale todo.

Ese acto de locura o de valentía –cada quien crea sus propias ideas-, ha sido el viaje más importante en mis años de viajera. Para mí no sólo significó la lucha por mi sueño, sino también superación personal. Después de eso, siento que nada me queda grande.

Dos noches después de mi llegada al hostal, el cielo (literalmente) recompensó mi gran travesía: se tornó verde y una especie de serpiente gigante comenzó a bailar sobre el lienzo negro. Pintaba con un pincel transparente y mezclaba colores verde, violeta y rojo en movimientos de espiral, de un lado a otro, bajando, subiendo, desapareciendo y volviendo a aparecer. El show duró una hora.

En el momento en que una lágrima se fusionó con una sonrisa, me di cuenta que todo, absolutamente todo, había valido la pena.

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